Cuento de Navidad 2018

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    Paco Ascon
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    Cuento de Navidad

    Halim cree que tiene nueve años, pero solamente tiene seis, la destrucción, la miseria, el hambre, le ha endurecido creyéndose mayor, su día transcurre tratando de conseguir algún alimento, que le permita mantenerse en pie, escarbando entre los escombros de lo que fue su casa y las de los vecinos, de aquel barrio obrero sirio, donde con sus padres y hermanos, vivían una coexistencia normal, sus padres disponían de un salario que les permitía criar y educar a sus hijos dignamente, pero desde hace ya unos años, esta normalidad se truncó salvajemente, por la injustificable masacre que los propios dirigentes de aquel floreciente país llevaron a cabo, mediante uno de las más horrorosos genocidios ocurrido en este mundo, ante la enfermiza pasividad de los líderes políticos, empresariales y sociales, del resto de países que conocen la tragedia lamentándose, sin implicarse, incluso poniendo muros insalvables y concertinas asesinas, con la finalidad de impedir por todos los medios, el paso a los que consiguen escapar del horror.

    Pues bien, Halim que durante los incesantes bombardeos que destruyeron la casa, el barrio, la ciudad, y el país que le vio nacer, no solo contemplo como desaparecía todo a su alrededor, sino que también fue víctima de la perdida primero de su padre y de sus hermanos mayores, que fueron vilmente asesinados en el intento de frenar el genocidio enfrentándose al dictador, más tarde para más desgracia, uno de los múltiples bombardeos consiguió, la terrible escena de la muerte en sus brazos, de aquella mujer que le había traído al mundo, que le había dado una educación ética y moral exquisita, que en aquellos tristes momentos de la pérdida de su padre y hermanos, le había protegido, aquella mujer era su madre la madre de sus hermanos, era el sustento cuando la falta de padre y hermanos les dejo en la más absoluta desesperación, la que distribuía la miseria, procurando siempre que la carencia fuera para ella, estaba allí en sus brazos agonizando, víctima del para ella ultimo bombardeo, pronunciando sus últimas palabras, entre el humo, el polvo y el ensordecedor sonido de los constantes asedios y bombardeos, que destruyendo lo ya destruido, alcanzaron a herir de muerte la única ligazón que a Halim le quedaba.

    No le quedaban ya lagrimas a ese niño, adulto a la fuerza, tapó instintivamente la cara de su madre, con los harapos que consiguió encontrar, tras buscar infructuosamente a su hermana seguramente sepultada bajo los escombros, comenzó a caminar sin rumbo, agachándose cada vez que se aproximaban, aquellos vuelos asesinos soltando las bombas racimo, que acababan con el más mínimo resquicio de vida humana que pudiera quedar.

    Sin saber cómo, tras largas horas de caminata en solitario y en absoluto silencio, llegó a una playa, donde observó que había un puñado de personas como el, hombres, mujeres y niños, con las mismas carencias, el mismo aspecto de hambruna y se acercó, en el centro de aquel grupo, había un personaje intrigante que hablaba con los adultos y que estos le entregaban billetes de dinero, vio cómo según iban entregando al siniestro personaje el dinero, se iban colocando en una vieja embarcación de madera, uno de aquellos hombres se acercó a Halim y le preguntó si estaba solo, Halim le contó su triste experiencia y aquel hombre lo escondió en la patera, sin que el mafioso se diera cuenta.

    De pronto, en absoluto silencio, aquella barcaza se puso en movimiento, salieron de aquella playa de noche, el movimiento que las olas producía a aquella frágil embarcación, era insoportable, pero la esperanza de encontrar un lugar donde poder disfrutar de algo de paz les mantenía confortados, al amanecer, se dieron cuenta que ni el mafioso ni el conductor de aquel desecho de la náutica, se encontraban a bordo, que les habían dejado abandonados, sin combustible, a la deriva, permaneciendo así más de una semana muriendo a bordo, tres mujeres y dos hombres, pero ya Halim había visto morir a tantos seres queridos, que su carácter se había curtido y ya no le afectaba, los mayores se deshicieron de los cadáveres con la mayor normalidad, como si de lastre se tratara.

    El mar, les acercó por fin a una playa de quien sabe qué país, al desembarcar de aquella patera lejos de la orilla, dos de los niños que huian con las personas que habían muerto en la travesía, al no saber nadar también aparecieron al poco rato muertos en la orilla, nadie en aquel grupo, sabía dónde estaban, pero el instinto les hizo emprender la marcha por un lugar inhóspito para ellos, siguiendo una vía de ferrocarril que parecía abandonada, hasta que tropezaron con unas vallas metálicas, cubiertas de afiladas concertinas que les impedían el paso, del otro lado de la valla, patrullaban soldados armados que a Hlim le parecieron gigantes, con armas automáticas que les vigilaban y si alguno de los huidos pretendía acercarse a la valla les gritaban y amenazaban con dispararles.

    A Halim, su madre le había enseñado a ser solidario, a ayudar a quien lo necesitara, aquel hambriento grupo de gente desesperada necesitaba ayuda, no podía entender ¿Por qué aquellas personas que se les veía saludables y con posibilidades no les ayudaban?, después de varias horas sin saber qué hacer, Afortunadamente llegaron unas personas quizás vecinos delas zonas próximas, que les entregaron mantas y algunas prendas de abrigo, pues el frío en aquel lugar era insoportable, en especial a finales de aquel mes de Diciembre acabando aquel fatídico año, algo que se hacía evidente, ya que entre las concertinas, irónicamente destellaban luces de colores que anunciaban la proximidad de la Navidad, también les repartieron el primer alimento en dos semanas, en especial agua potable ya que hasta ahora, habían bebido de algún charco o habían derretido un puñado de nieve en la boca.

    Aquella noche, se acurrucaron muy cerca unos de los otros para no desaprovechar el calor humano, amaneciendo bajo una capa de nieve que se sacudieron al despertar, enseguida llegaron unas personas con chalecos rojos, que les acompañaron a la frontera de otro país, donde les instalaron en un Campamento de Refugiados, al menos tenían unas literas y permanecían a cubierto del intenso frio, suponiendo un alivio comer caliente una vez al día.

    Al tercer día en el Campamento, Abdul que era el adulto que se hizo cargo de Halim, le dijo que se marchaba que él quería trabajar y que como ya había estado en Europa en los buenos tiempos, esperaba encontrar trabajo, Halim le dijo que iría con él, en cierto modo se necesitaban, ya que entre ellos se había creado un vínculo parecido al familiar.

    Decidieron escapar del Campamento y tras una larga caminata, llegaron a una pequeña ciudad donde la iluminación de las calles, expresaba claramente que se estaba celebrando una fiesta importante, en aquella cultura nueva para ellos, entraron en un bar restaurante, donde les dieron trabajo aquella noche a cambio de sustento y alojamiento, dedicándose a limpiar todo el local para la comida de Navidad del día siguiente, cuando acabaron les dieron algo de comida, dejandoles dormir en el almacén trasero, por la mañana la señora de la casa, les regaló ropa limpia les trajo una tina con agua caliente y jabón, para que se asearan y así lo hicieron, la señora también les dijo que a las dos fueran a comer que estaría toda la familia para celebrar la Navidad.

    Comenzaron a pasear por aquella provinciana ciudad, pero Abdul empezó a encontrarse mal, cada vez peor se cayó en el suelo completamente pálido y respirando con dificultad, se formó un corrillo de personas tratando de socorrerle y alguien llamó a una ambulancia, se lo llevaron pero no permitieron a Halim subir, uno de los vecinos quiso hacerse cargo del niño, pero el solo trataba de decirles que quería estar con Abdul, no era fácil hacerse entender con lenguas tan distintas, aunque gracias a unas nociones de inglés básico, que Halim había conseguido en el colegio, logró que le llevaran al hospital donde habían ingresado a Abdul, pero no pudo verle ya que estaba en coma, con una fuerte pulmonía que debido a su pertinaz desnutrición, tenía difícil solución, al final los médicos nada pudieron hacer y de nuevo Halim estaba solo.

    Deambulando por las calles de aquella preciosa ciudad, que a él le parecía en aquel momento, más inhóspita que el arruinado barrio de su ciudad, que había dejado atrás para siempre, convertido en escombros mezclados con los cuerpos de sus seres más queridos, ¡cuántos recuerdos le venían a aquella pequeña pero madura mente!, ¡cuantos sufrimientos hasta llegar a este momento!, ¡Cuántos aun le quedaban por sufrir!, y ¿Ahora qué?, Se sentó en un parque, contemplando como un grupo de niños aparentemente de su edad, jugaban con sus juguetes nuevos, uno con su reluciente bici, otro con un precioso balón reglamentario, otro con un fantástico coche eléctrico que encendía las luces e intermitentes, también había uno de los niños con algo que le encogió el corazón, parecía un arma automática como las de aquellos soldados, que tras las concertinas le habían asustado tanto, ¡Que horror! otra vez a huir, pero aquellos niños, observaron la casa de terror que puso Halim al ver el arma y se acercaron diciendo, que era de juguete , que no temiera, como pudieron, le invitaron a jugar con ellos, y le preguntaron con una rara amalgama de diferentes idiomas chapurreados ¿Qué te trajo Papa Noel?, ¿Dónde estaban sus juguetes?, al ver como aparecía la tristeza en los ojos de Halim, se percataron cuenta que algo raro estaba pasando, que aquel niño nuevo era distinto a ellos y le preguntaron de donde era, Halim entonces comenzó el relato de su odisea y les contó toda su triste aventura, aquellos niños que habían formado un circulo, le escuchaban con la máxima atención y curiosidad, con los ojos abiertos como platos, mientras Halim haciéndose entender con sus escasas nociones de inglés y con algunos dibujos en el suelo, pero con la incomprensible para los adultos, lengua universal de los niños que nunca fallaba, aquel relato duró más de una hora, los padres de aquellos niños los reclamaron, con las típicas voces de llamada ¡ya es hora de volver a casa!, “a casa” quedó pensativo Halim, mientras los niños acudían a la llamada de sus padres, él también había tenido una casa él también había sido feliz, él había tenido hermanos, tuvo un padre y una madre que le querían, educaban y protegían como aquellos niños, pero ahora estaba solo, no sabía dónde, no sabía que haría.

    Anochecía, se levantó del suelo donde por unos minutos estuvo acompañado por aquellos felices niños, pero ellos tenían sus familias que les querían les protegían y les educaban, Halim se encaminó quien sabe hacia dónde, cuando de pronto a sus espaldas, oyó una voz que gritaba su nombre, por un momento le pareció la voz de su hermana, ¿estaba soñando? su hermana estaba muerta, aquella voz sonó de nuevo con más fuerza, se volvió y vio como se acercaba uno de aquellos niños, de la mano de un señor de unos 35 años, que le decían –espera, ¿Dónde vas?-.

    Me llamo Jhon, este es mi padre, -papa este es Halim-, ¿dónde vives? Si no tienes padres ni hermanos y ni siquiera vive quien te acompañó hasta aquí, ¿a dónde vas ahora?, Halim sin saber muy bien que decía, contestó ¡no lo sé!, no tengo donde ir, buscare un lugar donde dormir y mañana ya veré.

    Jhon miró a su padre y sin palabras, soltó en una papelera el arma de juguete y agarro fuertemente de la mano a Halim, y se dirigieron los tres a la casa, de un barrio obrero como el que Halim disfrutaba en Siria antes de la masacre,

    Subieron al segundo piso, donde Anna la hermana de Jhon y su madre, les abrieron la puerta, les hicieron pasar, acompañaron a Halim a la ducha, donde recordó después de más de dos años, el placer de algo tan trivial como una ducha tibia, ropa limpia, en la cocina estaba servida la cena, que consistía en las sobras de la comida de Navidad y una caliente sopa, que para Halim supuso la más opípara de las comidas, después de la cena Anna y Jhon llevaron a Halim al cuarto de jugar y estuvieron mostrándole todos sus juguetes y compartiéndolos, como si se conocieran de toda la vida, jugaron horas hasta que el cansancio les doblegó y se quedaron profundamente dormidos los tres, unidos por sus manos entre los juguetes.

    Por la mañana, cuando Halim despertó, no estaban Anna, ni Jhon, ni los juguetes, solo se hallaba bajo el techo de lona de la tienda de campaña, en una litera y a su alrededor muchos refugiados como él, se estaban levantando ante el requerimiento de formar una cola para el desayuno, estaba en el Campamento de la cruz roja y le indicaron que se pusiera en la cola, para recoger el desayuno que servían a todos los residente, en la cocina de campaña del Campamento de refugiados. Todo había sido un sueño, Halim seguía solo, nadie sabía dónde.

    Ourense 19 de Diciembre de 2018

    Paco Ascón

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